jueves, 9 de diciembre de 2010

Las esposas

Estaba sentado en el sofá leyendo un libro tranquilamente, cuando de repente, ella se acercó por detrás y me tapó los ojos con las manos. “Es hora de jugar”, me susurró al oído con una voz cantarina. Me dijo que no abriera los ojos y apartó sus manos de ellos. Me los cubrió con un pañuelo y lo ató para que no se me cayera.

Tras comprobar que no veía nada, hizo que me levantara y me llevó a lo que supuse en un principio que era el dormitorio. Mis sospechas se confirmaron cuando me hizo sentar en la cama. Me besó y me quitó la camiseta. Luego me tumbó, cogió mis manos y las llevó a los barrotes. Antes de que me hubiese dado cuenta, me había colocado unas esposas alrededor de un barrote, de manera que no podía levantarme ni mover las manos. Sonreí para mis adentros mientras sentía su respiración en mi oreja y cuello.

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